Blog personal de un chino que habla castellano.
El sol nos estuvo aguardando cuando aterrizamos en el Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, a las siete y media de la mañana aquel día de enero. Tras 12 horas de tortura en el avión, el aire fresco me parecía mejor que nunca. Mientras el bus iba cada vez más lejos del aeropuerto, salió el sol tímidamente desde el horizonte, dándole color poco a poco al cielo nocturno, primero un azul profundo, luego violeta, y, donde el cielo y la tierra se tocan, un dorado brillante espléndido. Cuando ya estamos bien fuera de Madrid, el sol nos abrazó con su calor tranquilizador, la bienvenida del país más soleado de Europa.
Pero este no duró mucho, que pronto entramos en las montañas. Hacía unos días nevó en la región, bastante raro, pero de todas formas buena suerte para nosotros, proporcionándonos un paisaje poco visto siquiera para los españoles: colina tras colina, todas cubiertas no solo con blanco, sino también con el verde de los pinos, que, en vez de romper la magia, la aumentaba. De la vegetación trópica que vimos cuando salíamos del aeropuerto a los picos nevados, era como si hubiéramos cruzado toda Europa en menos de una hora.
Seguíamos fascinados por el paisaje español cuando llegamos al primer destino: Segovia. Tanto para nosotros como para cada viajero que había pasado por allí, lo primero que se veía no era el propio pueblo, sino el Acueducto. Un gigante descomunal hecho de piedras, uniendo las dos colinas a sus dos lados, pero no como una pared o una muralla intimidadoras. Mejor dicho, parecía formar parte del mundo a su alrededor, el portero leal de un pueblo igual de antiguo, debido a los grandes vacíos entre las columnas, a través de los cuales se veía el cielo, ahora ya perfectamente claro. Luego, cuando lo subíamos, descubrimos que siendo él mismo un paisaje y un patrimonio de la humanidad, el Acueducto también era el mirador perfecto para contemplar la vista extraordinaria de toda Segovia abajo. Fue aquí, en Segovia, donde probé por primera vez el bocadillo, la cerdita asada, y lo más importante, una comida española tradicional. «Algún día volveré.», pensé mientras el pueblo desapareció en las montañas.
Comparado con Segovia, Madrid era la España que todo el mundo conocía: la Plaza Mayor, el Palacio Real, el Museo del Prado, etc. Aquel día me enteré de muchas cosas que no sabía antes, de los reyes españoles, de la arquitectura del palacio, de las artes de la pintura europea, pero lo que me impresionó más fue la propia ciudad. Viniendo de una metrópoli que salvo unos barrios históricos tiene todo construido en las últimas décadas, Madrid resultaba inimaginable para mí, con todos sus centros comerciales y organismos gubernamentales bien integrados en las calles y edificios antiguos de la ciudad, sin rastro ninguno. Te daba la falsa sensación de que todo hubiera sido así durante cientos de años, y que estuvieras aún en la época más gloriosa del imperio español. Desde el Gran Vía hasta las numerosas estatuas que identificaban las diferentes plazas, todo parecía tener un orgullo, un orgullo que no era del mundo presente, sino del pasado, que había sido disminuido por las olas del tiempo. El único lugar donde este seguía era el Bernabéu.
Otra comparación me golpeó el día siguiente, en Toledo. Aunque era la antigua capital española y el centro administrativo actual de Castilla - La Mancha, la mañana lluviosa que lo visitamos, resultaba un poco triste. Andando por los callejones, todos vacíos, el pueblo más bien me parecía tener pinta de un anciano, taciturno y lleno de nostalgia, siempre perdido en el mar de recuerdos. Era cierto. Hasta la catedral fue restaurada tras la guerra civil, y solo el rojo y amarillo de la bandera de España brillaban bajo el sol recién salido de detrás de las nubes, dejando un arcoíris en el cielo sombrío.
Los muchachos zaragozanos eran lo que esperas: traviesos, siempre animados pero al mismo tiempo bastante amables y alegres. Con ellos exploré los rincones de la ciudad que no habría conocido en ningún libro de texto. Eran estos matices que hacían todo allí tan vivaz y agradable.
El primer detalle era las numerosas librerías dispersadas por toda la ciudad. La más grande se llamaba La Casa de los Libros, ubicada en una de las calles segundarias vinculadas a la principal. Cuando entramos el lugar ya estaba lleno de gente, todos sus tres pisos. Era sorprendente lo mucho que les gustaban a los españoles leer. Casi todas las tiendas vendían periódicos y revistas, y librerías como La Casa de los Libros se encontraban en muchos barrios.
Otro detalle era la comida. Los platos aragoneses estaban todos riquísimos, pero también llenaban rápido por la gran cantidad de carne que contenían. Quizá esta sea la razón por la que los españoles no engordan como los estadounidenses, aunque comparten muchas características en cuanto al estilo gastronómico.
Cuando nuestro viaje llegó a su fin, no pude evitar a sentir melancólico que tenía que dejar este país tan amable. España, con toda su historia, me acompañará, escondida enun rincón tranquilo de mi corazón. Algún día, volveré.